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Noche de brujas

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Noche de brujas

Noche de brujas

Estamos en vísperas de halloween y, si nos vamos a disfrazar de brujas, sepamos que somos parte de un linaje de, como dice Ani “Bagazo” Anietche, las primeras biotecnólogas. Transformadoras de ingredientes en alimento, en cerveza, mediante el uso de tecnología.

Aunque la profesión fue abarcada luego por hombres, originalmente en la antigua Mesopotamia hacer cerveza era trabajo de mujeres. 

Las mujeres cocinaban la mayoría de la cerveza que se consumía de forma doméstica y comercialmente en Inglaterra antes de la Peste Negra, y algunas mujeres continuaron haciéndolo hasta entrado el siglo XVII. Eran llamadas Alewifesbrewsters (término acuñado en Inglaterra en 1393). 

Las cerveceras (Brewsters) se convirtieron en el chivo expiatorio de la comunidad cervecera en su conjunto por los vicios que el mundo medieval temía por la producción de alcohol.

Como señala en su libro Brujas Andinas, Alicia Poderti:

“En la Europa medieval se había difundido una imagen altamente peligrosa de las brujas.Esta imagen estaba proyectada en textos como el Malleus Malleficarum, escrito en 1486 por los frailes dominicos alemanes Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger. La circulación de este tipo de libros contribuyó a generalizar la idea de que las mujeres debían permanecer alejadas del poder” [1]

Sostiene por otro lado la autora Silvia Federici que la caza de brujas de los siglos XVI y XVII fue instigada por el capitalismo emergente. No es casual que se nos haya desplazado históricamente del mundo considerado productivo y que hoy aún estemos luchando por decidir sobre nuestros cuerpos, en su libro Il Grande Calibano sostenía que, “para poder comprender la historia de las mujeres en la transición del feudalismo al capitalismo, debemos analizar los cambios que el capitalismo introdujo en el proceso de reproducción social y, especialmente, de la reproducción de la fuerza de trabajo”. [2]

La devaluación del trabajo femenino y el derecho a decidir

La redistribución del trabajo doméstico que se dio durante la transición al capitalismo, es un mandato con el que cargamos hasta el día de hoy, puesto que aunque hemos vuelto al trabajo productivo somos víctimas aún de estereotipos de género, de la doble opresión de tener que cumplir en la esfera pública y en la privada. Esa imagen de mujer maravilla que puede con todo que tanto daño nos hace también.

En el capítulo sobre la devaluación del trabajo femenino de su libro Calibán y la bruja, Silvia Federici nos habla sobre cómo una combinación de fenómenos llevaron a esta devaluación de las tareas realizadas por las mujeres, a que se romantice el trabajo no pago. Esto incluye la criminalización del control de las mujeres sobre la procreación (métodos anticonceptivos, que fundamentalmente consistían en hierbas convertidas en pociones y «pesarios» (supositorios) que se usaban para precipitar el período de la mujer, provocar un aborto o crear una condición de esterilidad) Eve´s Herbs: A History of Contraception in the West (1997)

La autora sostiene que así como nos privaron de nuestros brebajes ancestrales, tras la Peste negra, el control de las mujeres sobre la reproducción comenzó a ser percibido como una amenaza a la estabilidad económica y social, tal y como ocurrió en el periodo subsiguiente a la catástrofe demográfica producida por la «peste negra», la plaga apocalíptica que, entre 1347 y 1352, destruyó a más de un tercio de la población europea (Ziegler, 1969: 230)  [3]

“Al negarle a las mujeres el control sobre sus cuerpos, el Estado las privó de la condición fundamental de su integridad física y psicológica, degradando la maternidad a la condición de trabajo forzado, además de confinar a las mujeres al trabajo reproductivo de una manera desconocida en sociedades anteriores” [4]

De esta manera “sólo se definían parcialmente las funciones de las mujeres en la nueva división sexual del trabajo. Un aspecto complementario fue la reducción de las mujeres a no-trabajadores, un proceso —muy estudiado por las historiadoras feministas— que hacia finales del siglo XVII estaba prácticamente completado”. [5]

Para esa época las mujeres habían perdido terreno en ocupaciones tradicionalmente suyas como la elaboración de cerveza y la partería.

“Un elemento significativo, en este contexto, fue la condena del aborto y de la anticoncepción como maleficium, lo que encomendó el cuerpo femenino a las manos del Estado y de la profesión médica y llevó a reducir el útero a una máquina de reproducción del trabajo”  [6]

Si bien se perseguía la herejía en general (a menudo utilizando el término aquelarre o banquete diabólico para referirse a reuniones y orgías, porque no estaba bien visto que las clases bajas disfrutaran de los placeres terrenales), la mujer se fue percibiendo cada vez más como la figura de lo hereje, convirtiéndose en el principal objetivo de persecución.

Mies por otro lado sostiene que la caza de brujas “fue parte del intento de la clase capitalista emergente de establecer su control sobre la capacidad productiva de las mujeres y, fundamentalmente, sobre su potencia procreativa, en el contexto de una nueva división sexual e internacional del trabajo construida sobre la explotación de las mujeres, las colonias y la naturaleza”.  [7]

La inquisición en América

No olvidemos que este proceso de transición al capitalismo actual se da también en un contexto de colonización de América y de explotación y dominación sobre pueblos originarios americanos.

Según los estudios de María Mannarelli, en el Perú Colonial la hechicería femenina se persiguió por promover valores rechazados por las instituciones y la estructura social colonial.

“Los casos de hechicería andina eran juzgados bajo criterios específicos por un tribunal de extirpación de idolatrías. En cada región o ciudad de cierta importancia se destacaba un comisario del Tribunal de la Inquisición que informaba acerca de los casos de herejía. En el Tucumán colonial no existió un Tribunal de la Inquisición, aún cuando se había propuesto su establecimiento hacia 1641, por lo que los crímenes de sortilegio y adivinación le competían a la justicia ordinaria [8]

Dentro de este tipo de prácticas adoraban a espíritus, a santos y también a la Virgen María, pero también era común la invocación al demonio y a ciertas figuras andinas ancestrales, como el Inca y la Colla. Es importante señalar que la asociación “Demonio-Inca” no fue una creación popular, sino que respondía a una construcción ideológica de los grupos dominantes. 

Como reflexiona @casadelectoras en su análisis del libro de Federici, “Mujeres culpadas de delitos como acudir al socorro, recolectar hierbas y frutos o asistir en un parto; elaborar cerveza y emplear a gente a su cargo, o saber leer y escribir. Disponer de medios para subsistir se condenó como brujería, y en ocasiones parece que sigue siendo condenado. El genocidio femenino continúa en un goteo interminable, la violencia contra nosotras omnipresente e insidiosa. Saber reconocerla es el legado de todas las mujeres que no se rindieron, pagando su osadía bien con su vida o sufriendo un desarraigo de lo más brutal”.  [9]

Cuando en las manifestaciones feministas se corea “somos las hijas de las brujas que no pudisteis quemar” también cantamos por las que sí quemaron. [9]

[1][8] Brujas Andinas. La inquisición en Argentina – Alicia Poderti 

[2]   El gran Calibán – Silvia Federici

[3][4][5][6][7] Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria -Silvia Federici

[9] Brujas, un itinerario https://medium.com/@casadelectoras/brujas-un-itinerario-e7836312a1ee